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Patriotismo

Los secesionistas, la patria; las izquierdas, la patria; las derechas, la patria. En España estamos viviendo una explosión patriótica. Es tan y tan importante que unos quieren tener la suya, otros quieren tener varias y, los últimos, una única indivisible e indestructible. Gustan tanto las patrias que se quieren tener muchas. No es sorprendente que los secesionistas quieran tanto la “suya”, que ambicionen huir de las “ajenas”. En cambio, sí lo es, el descubrimiento patriótico de las izquierdas. Que hoy se pueda asociar, sin escándalo alguno, izquierda y España, es un importante salto cualitativo respecto a lo vivido en estos casi 40 años de democracia.

Aún resuena, el eufemismo “Estado español” para referirse a España. Eran impronunciables palabras de la Constitución española: que España, una realidad histórica, se constituye en Estado democrático y de Derecho (art. 1) y que el instrumento por el que se constituye el Estado, o sea, la Constitución, se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles (art. 2). Hemos leído que éstos son preceptos de la “bota militar”; el resultado de la transacción con los poderes fácticos. Ya no es así, nos corrigen. Hay, afirman, un “patriotismo desacomplejado”, como afirma Errejón, en una entrevista publicada en el diario El País, al considerar que “ya va siendo hora de reivindicar, desde posiciones inequívocamente progresistas y democráticas, una idea fuerte de España, un patriotismo desacomplejado”.

A su vez, el PSOE hace equilibrios, en su Declaración de Barcelona de este fin de semana, para evitar decir que su proyecto supone una negociación entre Cataluña y el “resto” de España; que paradójico, España reducida a un “resto”. Sin embargo, es la lógica consecuencia de la nación de naciones. Si hay tantas, lo son a los efectos de negociar entre ellas aquello que consideran común o solucionar lo que les enfrenta.

Cuando Podemos o el PSOE mencionan la España fuerte y la nación de naciones, utilizan un concepto más próximo al nacionalismo más rancio que al cosmopolitismo globalizador. El problema de cometer un error, el inicial, es que alimenta otro de sentido contrario, según la famosa ley de Bachelard. Ni España era un mero Estado, surgido de la bota fascista, ni es un sujeto/ente/constructo distinto a los ciudadanos que lo integran.

En definitiva, los anti-nacionalistas españoles, de antaño, ahora se convierten en nacionalistas, nos dicen, de nuevo cuño. E, incluso, en esta condición se pretenden elevar en “solucionadores” de los problemas territoriales. España/patria, es un ámbito, que se entiende con otros, igualmente, patrióticos, como Cataluña. Al final sólo queda lo peor del concepto nacional.

Martha Nussbaum, la filósofa política norteamericana, aún cuando participa de la conveniencia de cierto patriotismo, reconoce sus peligros. Las dos caras del dios Jano: hacia afuera, excluyente; hacia adentro, uniformizador. Es el precio del amor y la solidaridad estrecha a los amados identificados como iguales o próximos. El amor patriótico a un constructo superior al individuo, cuyas libertades, incluso, pueden ser sacrificadas, ante el altar de la supremacía nacional. Se puede construir, propone Nussbaum, otro patriotismo; el de las virtudes movilizadoras del amor hacia objetivos superiores del bienestar general. Se podría. Tal vez, pero hay un precio a pagar: la revisión constante; la crítica permanente; la alerta sin descanso.

El que las izquierdas hayan descubierto el patriotismo, y de la manera en que se nos muestra, cuando en el pasado alentaron de todo lo contrario, es tan criticable antes como ahora. Que para solucionar el reto secesionista tengamos que reconocer naciones por doquier, y convertir el Estado en una suerte de mesa de diálogo entre naciones, lejos de remediarlo, lo multiplica. La misma legitimidad que tiene Cataluña-nación, la tiene, por ejemplo, Canarias-nación. Es más, ya puestos, Canarias es la única región de España a la que una organización internacional le ha reconocido el derecho a la autodeterminación (Comité de descolonización de la Organización de Estados Africanos, en los años 60). En el fondo, cuando todo se reconduce a lo nacional, todas las naciones cobran vida. Si hay una nación de naciones, ¿quién establece cuáles son? ¿cuántas hay y, sobre todo, qué derechos tienen? ¿Cómo se justifica la igualdad entre ellas o la superioridad de unas respecto de otras? Si hay un nacionalismo catalán, con la misma legitimidad, habrá otro español. No se alcanza una solución; se añade gasolina al incendio. Si con la distinción constitucional entre nacionalidades y regiones (art. 2) se pretendió establecer la asimetría en la organización territorial, se creó el fundamento para la emulación que convirtió a las regiones en nacionalidades, con la propuesta de nación de naciones, se volverá a crear otro proceso de emulación que convertirá a las nacionalidades en naciones. Alcanzada la igualación por “arriba” ¿cuál sería el siguiente paso? La independencia. El problema se multiplica y se agrava.

Hablemos de soluciones. Comencemos por las personas, por los españoles. Puestos a buscar el amor, que sirva de cohesión alrededor de una aspiración superadora de los problemas y extensora del bienestar, que lo sea respecto de los ciudadanos, de las personas, de los individuos. No necesitamos intermediarios nacionales para construir la sociedad aspiracional en la que todos podamos disfrutar de las oportunidades que nos permitan desplegar nuestras capacidades. Patriotismo, el humanista, el del individuo. La libertad, por sorprendente que parezca, es la única que libera.

(Expansión, 18/07/2017)

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